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Coreal Reformas
Colaboradores
Arquitectos colaboradores:
Iuliia Polulikh
Juan Carlos Hodar Egea
Estructura:
Miguel Ángel Jiménez Dengra
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Serrano y Baquero ArquitectosPEQUEÑO ALMACÉN DE CAPAS DE TIEMPO
En el bajo del número 21 de la calle Buensuceso, en Granada, se abre este pequeño estudio. Ocupa parte de la planta baja de un edificio que fue intervenido por el arquitecto Juan Montserrat Vergés. Aún se reconocen algunos de sus gestos: el pavimento en damero que sobrevive en ciertos rincones, la disposición de los patios, las columnas de mármol que ahora aparecen dentro del local o los elementos decorativos de la fachada que asoman entre lo cotidiano. El proyecto parte de esa herencia, de un contexto que ya tiene historia, textura y capas.
El espacio es largo y profundo, y se adentra entre patios que lo atraviesan de forma desigual. Desde la cristalera que mira a la calle se disfruta de un primer patio abierto, cuya vegetación cambia con las estaciones y tiñe la atmósfera del interior. Más adentro, el pasillo toma prestado el rumor del agua de la fuente del patio central y, de este modo, parece ensancharse. Y al fondo, el último patio, más íntimo, al que se ha abierto una nueva ventana: por ella entra la luz justa, sin deslumbrar, suficiente para trabajar con tranquilidad.
Pero más que un lugar de trabajo, este estudio es una extensión de la manera en que entendemos la arquitectura: un espacio donde se acumulan tiempos, se ensayan ideas y se ordena la materia. No nació de cero. Al contrario, surgió del deseo de habitar lo existente, de activar un fragmento de ciudad silencioso pero cargado de memoria.
Los muros que envuelven el espacio no fueron cubiertos. Algunos son de tapial, de tierra; otros, de ladrillo, dispuestos de forma más ordenada o más caprichosa, y en ellos persiste una cierta humedad. Se decidió dejarlos respirar, permitirles mantener ese ritmo lento de intercambio con el ambiente. Su superficie irregular y viva se convierte en fondo activo, en un estrato más de esta arquitectura que no quiere olvidar lo que ya estaba.
Durante las primeras semanas de obra, al intentar resolver las humedades, se descubrió que gran parte de la estructura estaba en muy mal estado. Hubo que apuntalar y, en ese momento intermedio, los puntales —esbeltos, repetidos, metálicos— comenzaron a sugerir una estrategia posible: en lugar de secciones recrecidas, empresillados o soluciones concentradas y pesadas, se propuso una lógica fibrilar. Un sistema de múltiples elementos esbeltos —una constelación de sencillos redondos corrugados— que se densifican donde es necesario resistir carga y se alivian donde no. La estantería que recorre perimetralmente el estudio materializa esa lógica: allí donde apoya o complementa la estructura original, se vuelve más densa y robusta; donde no recibe carga, es liviana, solo estantería. Un único gesto que articula lo constructivo y lo cotidiano.
La iluminación también recoge restos del lugar. Durante la limpieza del espacio aparecieron unas antiguas atarjeas de cerámica, parte de un sistema de bajantes ya en desuso. Se reutilizaron como luminarias: ahora contienen la luz y la devuelven con un tono arcilloso, cálido, como si el sol se filtrara a través de la tierra. Esa luz suave y matizada acompaña los ritmos del estudio: sobre las superficies horizontales de vidrio se suceden dibujos, maquetas, herramientas, libros y, a veces, simplemente, una pausa.
Este espacio no alberga grandes gestos, sino pequeñas decisiones que se acumulan con naturalidad. El estudio funciona como un laboratorio artesanal, un lugar donde se prueba, se ordena y se recuerda. Un almacén que organiza sus capas de tiempo entre muros antiguos de tierra y estructuras contemporáneas.
No buscábamos un lugar espectacular, sino uno verdadero. Un estudio desde el que mirar, proyectar y también detenerse. Un espacio que se pudiera usar y habitar, que se dejara transformar con el tiempo, que creciera con nosotros. Como la arquitectura que nos interesa: la que no se agota en su imagen, sino que se despliega en la experiencia.
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